lunes, 12 de septiembre de 2016

El recomendado

Soy de la casa. Una expresión tan sencilla, cuatro palabras y de las cortas, un sustantivo hogareño y conmovedor. Una expresión aterradora. Escuchar esas palabras me hacían sudar como al gordo de las pelis que debe dinero a los mafiosos. Un cerco de sudor revelador bajo las axilas del pijama blanco o verde arrugado de las mil horas de pie en el pasillo de urgencias. Un residente cercado. 

Es verdad que dentro de esa expresión cabía una amalgama de seres cuyo nivel de influencia variaba tanto como si mi primo se presentara en la boda del duque de Alba, pero incluso en los más bajos niveles, obligaba a by-passes de aceleración que iban cogiendo ritmo a medida que la expresión se repetía como un mantra cacofónico en los bóxes, laboratorios, salas de rayos o despachos de adjuntos. 

Y lo peor era cuando en algún punto de la cadena, algún valentón quería transformarse en Robespierre y gritaba a pulmón y pleura que él no hacía distingos. Generalmente el gallito en cuestión alzaba la barbilla y alborotaba la bata como si se tratara de la capa del Zorro, imaginándose la cara del celador o la auxiliar que había reivindicado sus derechos de pernada quedándose con dos palmos de narices.  Pero el Zorro metía su colita entre las piernas y sacaba la lengua como un perrito faldero cuando quien voceaba su pertenencia a la casa mater era un médico y no digamos un cirujano. 

Pero el residente era en aquellos entonces un mandado, vaya usted a saber ahora, y la frasecita de marras sabía que te auguraba bastantes paseos, dolores de cabeza y hasta la puesta en marcha de una cadena de favores. Y todo ello con el susto permanente en el cuerpo de alzar la cabeza y encontrarte respirando como garganta profunda sobre tu hombro al nombrado "hogareño". 

La niña tendría unos doce años de los de antes de la Nutella, cuando aún no les daba vergüenza entrar a preguntar el precio de una Barbie. Estaba en una de las dos consultas de urgencias de pediatria, sentadita en la silla muy quietecita, con su padre al lado dándola la mano. 
No me sonaban sus caras de verles en la atiborrada sala de espera cuando salía a llamar a los pacientes, pero pensé que había sido fruto de mi despiste, más que de cualquier otra causa. 

Pero entonces, el padre se dirigió a la enfermera por su nombre y ésta contesto con una chanza que hizo reír a adultos y niños, a mí, con cara de imbécil por no enterarme de nada. Entonces me dio la mano y se presentó. 

-"Yo creo que no hemos coincidido nunca. Soy el doctor Mariano López, cirujano de la casa. Esta es mi hija". 

Le estreché la mano y reconocí mi ignorancia imperdonable, disculpándome con mi reciente inicio de la residencia y las pocas guardias que había hecho, casi todas ellas en Pediatria. La enfermera interrumpió las presentaciones para anunciarnos que salía en busca de la adjunta, que temporalmente había cedido en una residente de pediatria y en mi, especialmente en la primera, el peso de la guardia. Como preveía que la espera podía prolongarse, según donde hubiera ubicado la adjunta su breve paréntesis, traté de aligerar el tenso silencio lanzándome sin red a una anamnesis de manual, que recibió apenas unas escuetas respuestas del cirujano-padre, que no parecía dispuesto a tener que repetir la historia más que las veces que fuera estrictamente necesario. 


Como decía, ser de la casa encierra gradaciones, y la rapidez con la que apareció la adjunta me puso de manifiesto que el gradiente del caso en cuestión era de los elevados. La niña estaba como un Pepe, aunque se ponía la mano en la tripilla prepúber y ponía caritas cuando la pediatra la preguntaba y su padre repetía las preguntas como un pájaro masticándole la comida al polluelo. 

La exploración en la camilla reunió tres sesudas cabezas alrededor. Bueno, en realidad la mía era más bien un busto de mármol por el caso que me hacía la concurrencia. Padre-cirujano y pediatra se intercambiaron diagnósticos diferenciales como cromos de la Liga y el resultado fue que la enfermera a los pocos minutos rebuscaba en el bracito de princesa cisne una venilla que llenara tres o cuatro tubos, mientras el residente diligente llevaba una petición de ecografía al ogro de los rayos, esperando que el nombre del cirujano-padre le librara de la bronca habitual de los sábados tarde. Agitar el volante en la mano al tiempo que gritaba "para la hija del doctor López, para la hija del doctor López" era mi plan inicial para aplacar al monstruo, pero cuando llegué allá donde residen los magos, descubrí que la carrera (y el acojone) habían sido en balde, porque el poder de "ser de la casa" era más rápido que mis ridículas piernas de R1. 

Unos minutos después, en la oscuridad violada solo por la pantalla del ecografo, éramos ya cuatro los que estábamos subidos a ese tren: padre-cirujano, radiólogo, y pediatra con adendum residentil (yo), pero antes de salir se nos había unido a la fiesta una ginecóloga que entró golpeando en la espalda al afligido padre, por si en los diferenciales se colaban menarquias prematuras de esas que provocan un dulzor amargo en los padres de las que hasta hacía nada eran sus pequeñitas. Yo escuchaba al comité de sabios y no dejaba de pensar que la niña tenía una cara de querer irse a su casa de flipar, pero lo que allí se cocía estaba muy por encima de mi nivel de principiante, incluso muy por encima de la propia paciente. Allí se hablaba de la posible enfermedad de la hija de un cirujano de la casa. 

Los análisis llevaron a una observación expectante y más vigilada que las conversaciones de cama de Putin. Y la observación llevó a una cicatriz de laparotomia primorosamente bordada por el cirujano pediatrico en la fosa iliaca derecha de la pequeña flor del jardín de aquel padre-cirujano que tenía todo un hospital a su disposición, y con la firme decisión del residente de no plegarse a privilegios que induzcan sesgos que inunden de peligros unas pírricas ventajas. 


Claro que éstas son decisiones tan difíciles de mantener a lo largo de la vida como ciertos votos sacerdotales, y al igual que ocurre con ellos, el incumplimiento acarrea penitencias a veces demasiado dolorosas.