lunes, 26 de septiembre de 2016

Trankimazines y Rohipnoles

El funcionario del juzgado tenía una carpeta enorme y empezó a pasar las hojas una por una, repitiendo mecánico la misma pregunta:
- ¿Reconoce usted alguna de estas firmas?

El joven estaba sentado sudando como si le hubiesen pillado robando en el cepillo de la Iglesia. Y en realidad el despacho tenía algo de sacristía, una media penumbra y montañas de papeles por todas partes. Y un ambiente pesado, como si el funcionario devorara los cigarros de tres en tres en su soledad. 

El joven sigue viendo pasar las recetas rojas con nombres en tinta azul de sellos de caucho que reconoce, y garabatos sobre ellos que ya no le resultan tan familiares. Espera nervioso que su nombre aparezca súbitamente al pasar alguna de aquellas hojas, pero de momento no es así. 

Nadie le había preparado para aquello, nadie le había dicho nunca en todos esos interminables años de estudio que casi inevitablemente acabaría alguna vez delante de un juez. Así que se secaba las manos en el pantalón vaquero deseando con todas sus fuerzas salir cuanto antes de allí. 

No llevaba ni una semana en la consulta, una semana nerviosa en la que prácticamente se había dedicado en exclusiva a conocer los nombres de los cien mil medicamentos que parecía tomar la población con la alegría propia de los bufetes de los hoteles todo incluido. Eran tiempos de Frenadoles financiandos, de Pil-Food, lo mejor para la caída del pelo, oiga, que me lo quitan de las manos, de Ruscus para las almorranas asesinas y de un Optalidón con el que se cogían las amas de casa unos colocones del quince, todo ello a costa del contribuyente y su sueño paradisíaco de un sistema de salud de Ali Babá (y los cuarenta ladrones, claro)

Eran tiempos donde se abría un abismo inmenso entre los libros de la facultad y sus soluciones harrisonianas y la farmacopea comercial, un abismo que no tenía por qué llenarse obligatoriamente con el MIR. Y en aquel ambiente de borrachera consumista, el joven pasaba las horas rellenando talonarios mayoritariamente rojos con los nombres de los ciento un cartoncitos que alineaban cuidadosamente ante él ocho de cada diez fieles. 

El tipejo que se sentó delante de él, era de los que asustan al cruzártelo en una calle por la noche, un auténtico facineroso. Desde luego, no hacía falta que tuviera un olfato de perdiguero para captar el miedo del joven, porque resultaba evidente. Y como si de un documental de la 2 se tratara, se lanzó a por su amedrentada presa seguro de su victoria. 

- Mira chaval. Ahora mismo me vas a hacer tres o cuatro recetas de Trankimazines  y otras tres o cuatro de Rohipnoles. 

El joven se sabía cobarde, los años no le habían hecho mejorar en ese pecadillo que arrastraba desde la niñez. Y notaba como le temblaba todo el cuerpo como si le estuviera subiendo la fiebre. Trató de erguirse en el sillón como si pudiera imbuirse de la autoridad de los médicos que le habían precedido en ese puesto, pero su voz trémula y vacilante delataba bastante más de lo deseable. 

- ¿Son para usted? ¿Está en tratamiento?

El elemento tiraba de ironía. Se le veía a gusto en el papel de gato acorralando al ratón. 

- Sí, claro. 
- Pues tendrá que traerme la última receta porque si no, no podré hacerle ninguna más.- Aquel era el procedimiento que seguía el titular que estaba remojando su plaza fija en Gandía mientras que el 
suplente se ganaba unos denarios para mantenerse como las hormigas durante los meses de invierno. En aquella consulta, las historias clínicas estaban guardadas en las sinapsis que se remojaban en aquel momento en el Mediterráneo. 
- No le gustaría tener problemas por no recetarme la medicación que necesito, ¿verdad?
- Ni a usted tenerlos con la Guardia Civil por amenazarme dentro de mi consulta. Si quiere les llamamos ahora mismo. 

El ademán de coger el auricular hizo que el sujeto se levantara y se marchara dando un portazo y aplazando el encuentro para más adelante, mientras el joven temblaba ya sin ningún tipo de cortapisa como un rascacielos de gelatina. Se tomo unos minutos para recuperarse sin saber muy bien si debía hablar con alguien del tema. Allí había demasiada gente, el consultorio tenía un aire a lo Wall Street en cuanto a los gritos y el guirigay en plena hora punta y el resto de los médicos, la mayoría también suplentes, sobrevivía cómo podía parapetados tras las puertas de sus consultas. 

Así que el joven pensó que a nadie le importarían los problemas del novato y tras dos o tres inspiraciones profundas y una somera comprobación de que el parkinsonismo del terror aún le permitía escribir, decidió volver a la tarea de rellenar cheques en rojo y, muy de vez en cuando, parodiar el papel de un médico. 

El día terminaba con desbandada generalizada y centrífuga, en busca de domicilios ajenos o propios, así que el incidente quedó en las anécdotas de sobremesa de la casa del joven hasta un par de días más tarde, en que pudo por fin preguntar antes de que se abriera Wall Street, a uno de los sustitutos más veteranos. Fue él quien le explicó que había tenido el inconsciente valor de enfrentarse al capo distribuidor ilegal de drogas legales, un tipo muy peligroso que siempre se dejaba caer cuando veía una presa nueva, y que la próxima vez, llamara directamente a los civiles según le adivinara en medio del barullo. Además le contó que aquel mismo día habían desaparecido de un par de consultas varios talonarios de los que los médicos se traían ya firmados y sellados de sus casas para adelantar el trabajo de auxiliares administrativos bien pagados. 


Y ahí estaba él un par de meses más tarde, casi olvidado ya el miedo con el que día tras día había ido a aquella consulta de esa breve sustitución, el miedo con el que se asomaba a llamar a los pacientes a la puerta, el miedo con el que se montaba de prisa y corriendo en su tartana revienta-sustitutos, echaba los seguros y mantenía las ventanillas cerradas aunque en el salpicadero se pudieran freír huevos con bacon. Allí estaba, aunque estaba casi seguro de que su nombre no aparecería entre ese inmenso taco de recetas robadas, allí estaba pensando en lo duro que había resultado ese desvirgamiento inesperado que le había regalado la realidad, la misma que le había susurrado al oído, mientras le daba un par de cogotazos, que aquello era la vida, y que la vida, si se empeña, puede cargarse de un plumazo al unicornio de la Medicina. 












2 comentarios:

HERNAN URRUTIA LUDEÑA dijo...

Excelente...

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