domingo, 2 de octubre de 2016

Gritos

María era, como se decía antiguamente con esas expresiones rancias de Matías Prats padre, de natural simpática. Había vivido su vida con una sonrisa en la boca, sonrisa que había ido erosionado los rasgos de su cara hasta quedarse incrustada como la expresión pétrea de un Lincoln en el Monte Rushmore, pero sin perder en ningún momento ni un átomo de calidez.

María era de natural feliz, con esa felicidad que parte de un radiador caliente en pleno invierno, al que todos se acercan extendiendo las manos y resoplando, y donde todos terminan sonriendo. Así había sido de niña, así había sido en el colegio, y así había sido mientras estudió enfermería, unos estudios que parecieron elegirla a ella, una atracción de agujero negro hawkiniano, el principio cero de la termodinámica: un cuerpo que irradia felicidad puesto junto a otro que la necesita, intercambian sus sentimientos hasta que sus temperaturas se igualan. Nadie puede resistirse a la termodinámica, y por supuesto, María tampoco. 

Cuando terminó sus estudios, se recorrió todas las bolsas de trabajo de hospitales y primaria de su provincia y los alrededores, con un cerro de fotocopias debajo del brazo y tres bolis BIC de punta fina, soportando con resignación sonriente los requisitos reiterativos y echándole más paciencia que el santo Job. Agotó los tres bolígrafos. 


La noche anterior a su debut en un consultorio local a tropecientas millas de su casa no quedó un centímetro cuadrado de su cama sin arrugar ni una uña que roer. Tuvo que esperar más de media hora a que apareciera el médico del pueblo, sentada sin oír la radio puesta dentro de su Seat Ibiza de cuarta mano, y tardó en reconocerle porque era más joven de lo que se imaginaba y llevaba vaqueros, la camisa por fuera y unas Nike blancas sin abrochar. Pero la dio dos besos, la enseñó su consulta, dónde  estaban las cosas, y le pidió por favor que entrara a hablar con él tantas veces como lo necesitara sin miedo a molestar. Un tío majo al que de cerca se le notaban las arrugas cuando sonreía y que saludaba a los pacientes por su nombre y cogía a los niños en brazos. Así que María se plantó su batita blanca de manga corta y se puso a irradiar felicidad como mandan los cánones de la termodinámica, sin medida. 

Cuando llegaba a casa por la tarde contaba y no paraba y sus padres sonreían porque delante de ella era difícil hacer otra cosa, y porque los padres son así desde el inicio de los tiempos. Fue uno de esos debuts de los que se suele decir que despejan todas las dudas, siempre y cuando las hubiera tenido, que no era el caso. 


Las cien mil semillas de papel sembradas tenían obligatoriamente que dar sus frutos. Y lo hicieron. Al fin y al cabo estaban regadas con tinta de boli BIC de primera calidad. Apenas una semana en casa como un piloto de pruebas en bóxes mirando el circuito y llamada del hospital general. A la administrativa de personal le dio la sensación de que acababa de colgar el teléfono cuando tenía enfrente de ella a aquella risueña jovencita mirándola fijamente. No la quedo más remedio que sonreír. María estaba acostumbrada. 

Llegar media hora antes no suponía ningún sacrificio para ella, era parte de la rutina de su vida. La recepción en la planta no se pareció demasiado a su experiencia previa: las ojeras de la enfermera que le dio el parte amenazaban con ser declaradas monumento nacional y la llamada de su cama no le dejaba oír la necesidad de consejos y recomendaciones que María necesitaba. Su compañera de control aterrizó bastante más tarde, cuando ya no quedaba ni el perfume de la enfermera de la noche. Hizo un gesto de resignación al verla y tras un gruñido salutatorio, se puso a ojear el parte nocturno como las páginas de sociedad del Hola. 

María espero pacientemente fortalecida tras su sonrisa, hasta que su compañera decidió un reparto de tareas que aceptó sin rechistar. En las habitaciones de los pacientes estaba en su salsa, ahí es donde brillaba como una súper nova, donde el intercambio de calor se sublimaba. Antes de que empezaran a aparecer los médicos con sus pijamas verdes, los pacientes y los familiares ya la llamaban por su nombre. 

Era un cirujano mayor, delgado y algo encorvado. Entró en el control sin decir ni pío y se sentó frente a una de las mesas. Empezó a trajinar con un teclado con esa ligera torpeza revenida de quien nació en la era de las estilográficas. 

- A ver, quién ha bloqueado este ordenador, que haga el favor de desbloquearlo que no hay quien empiece a trabajar. 

La bloqueadora había sido María, por un mero accidente cronológico. Estaba en la habitación contigua cargando medicacion intravenosa y su pequeña e inevitable demora provocó un concierto de improperios descompasados y sobreelevados que hicieron asomar varias cabezas en las puertas de las habitaciones, al tiempo que el resto de los pijamas blancos parecían esfumarse como por ensalmo. 

El educado "perdón" que dijo María mientras introducía sus claves a toda prisa sirvió solo como pararrayos atrayendo otra bronca sin sentido. 

A María nunca la habían gritado. No concebía que pudieran gritarle en el trabajo. El resto del día anduvo por el pasillo como esos ramos de rosas que aún resisten el paso de los días en el jarrón, pero en los que ya puedes adivinar de una forma extraña su aspecto marchito. Solo se reanimaba ligeramente cuando entraba en las habitaciones, y ello porque la ley de la termodinámica funciona siempre en las dos direcciones, y quien da y deja mucho, al final le llega de vuelta. 

La cena de aquella noche fue más silenciosa de lo habitual, porque sus padres adivinaban también las flores marchitas casi sin mirar al jarrón. A la mañana siguiente había reunión con la supervisora. María esperó hasta el final para decir que no entendía por qué podían gritarla tranquilamente sin que pasara nada. Las demás enfermeras sonrieron condescendientes con la novata. La supervisora se limitó a preguntar ¿bueno, y qué pasa?

Y María se sintió, de natural, marchita.