lunes, 12 de diciembre de 2016

Ciencia ficción

Las seis y media de la mañana. Me encanta la música que suena en el despertador, y sin duda, la elección del paisaje proyectado ha sido un acierto de mi mujer. El amanecer en la bahía de La Herradura es incomparable. Y que ocupe toda una pared de tu dormitorio es otra maravilla más de la ciencia. El sol reflejándose en un Mediterráneo azul turquesa. El holograma en el espejo del baño me informa de que hoy es doce de diciembre de 2106, y que fuera hay cuatro bajo cero y una niebla que no me permite ver la casa de enfrente. Pero en la esquina superior de mi pared empieza a entrar un velero levemente escorado hacia babor, con el velamen desplegado. Flipante.

Mi mujer sigue durmiendo, ventajas de un turno de tarde. Ni todo el sol de Oriente consigue despertarla. Pero frunce ligeramente el ceño cuando los rayos se multiplican, así que desconecto la proyección y la habitación recupera el silencio y la oscuridad. 

Las luces del pasillo se ajustan a mis pasos; como camino con las zapatillas y despacio, son suaves y azuladas. Sin embargo, en la cocina, todas las luces están encendidas y se escuchan las noticias en tono elevado mientras las imágenes tridimensionales se esparcen en una de las paredes. Frente a ellas un viejo desayuna leche y cereales de un tazón anticuado, llevándose la cuchara repleta a la boca con temblores asincrónicos. 

- Hola abuelo. ¿Alguna noticia interesante esta mañana?

El abuelo me mira y musita algo que soy incapaz de entender. Son noventa y tres años, y aunque ya no es tan raro encontrar personas de su edad, él está bastante cascado. Ya hace tiempo que se negó a hacerse revisiones, no quiso someterse a la cirugía que podía haberle corregido ese molesto temblor y ni se nos ocurra nombrarle ninguna de las maravillosas pastillas que te aumentan la fuerza muscular, o mejoran tu equilibrio, o potencian tu memoria. 

En casa del herrero, dice el viejo refrán. Él, que durante cuarenta años de su vida fue médico de cabecera, como sus tres hermanos, como lo fue su padre. Él, el último superviviente de esa estirpe de tipos que se resistían a luchar contra la vejez y que sabían que la muerte al final siempre vencería, los últimos dinosaurios de una Medicina que tuvo que rendirse a los nuevos tiempos, y abandonar esos reductos trasnochados que eran las consultas, rendirse a los hologramas, la nanomedicina, la biotecnología, la epigenética, la leche, en resumidas cuentas. 

En fin. Pongo la mano derecha en el tirador del frigorífico. Automáticamente en el panel frontal aparece mi glucemia, mi colesterol y mi tensión arterial. El aparato, que conoce mis preferencias para el desayuno ya ha elegido de entre ellas las que más se ajustan a los parámetros que ha obtenido. Al mismo tiempo, la cafetera ha empezado a funcionar. Café normal con leche de soja. Ese perfil lípidico se ha desviado un poco de la media, pero al menos me he librado del descafeinado. Tensión perfecta. De la nevera saco el bol autopreparado con queso fresco y dos mandarinas. 

Miro a mi abuelo, que sigue a su tarea de rematar su perolo de leche con cereales, pero veo que me observa y sonríe entre cucharadas. Voy a sentarme junto a él. Antes de empezar, con el primer trago de café me meto en la boca la cápsula que escaneará mi tubo digestivo. Alrededor de mediodía recibiré un mensaje en el móvil. Si ha detectado cualquier cosa, la señal habrá quedado registrado en los ordenadores de mi compañía de seguro médico, y automáticamente recibiré un mensaje con la cita para la retirada del tejido sospechoso. Me ha ocurrido antes solo en dos ocasiones, pero uno nunca sabe. La ventaja es que el proceso es rápido e indoloro y siempre te reservan cita a la hora del almuerzo, para no molestar en el trabajo. 

La píldora aún tiene cierto sabor metálico, pero una alarma en el móvil me avisa de que ya ha pasado al duodeno, así que puedo empezar a desayunar. El abuelo se ríe ya abiertamente. Sé que se ríe de mí, pero qué sabrá el viejo. 

Mientras veo las noticias, la pantalla del móvil enroscado en mi antebrazo izquierdo me mantiene informado de mis parámetros. La glucemia ha subido lo justo y para corregir el ligero déficit de sodio, el queso fresco lleva una pizca de sal. Tengo una salud de hierro 

En el coche, de camino al trabajo, he suspirado un par de veces y me he removido algo inquieto en el asiento cuando nos acercábamos al aparcamiento de la oficina. He recordado que tendré que ver a mi jefa y explicarle por qué no alcanzamos las cifras de ventas que esperábamos en Extremo Oriente. Los sensores del coche han detectado mi incomodidad y han cambiado las noticias de fondo por música relajante. Uno de los múltiples compartimentos del salpicadero me muestra una pequeña pastilla blanca y en el monitor central del coche, aparece la cara de uno de mis médicos aconsejándome reducir ese nivel de estrés tomándomela. 

Se deshace en la boca con un regusto agradable y respondo a la sonrisa franca del médico con otra mucho más bobalicona. En el vestíbulo del edificio de oficinas, unos números enormes proyectados sobre una fuente central nos indican los niveles de contaminantes atmosféricos. Justo antes de acceder a los ascensores, hay unos espejos frente a los que nos vamos colocando y hacemos una exhalación profunda. El registro se vuelca directamente en el móvil de mi antebrazo, junto con el resultado del escáner torácico, que descarta lesiones bronquiales o pulmonares y me felicita por la capacidad y la limpieza de mis vías respiratorias. Como decía, una salud de hierro. 

La vida sigue. Y aún tengo que recibir el informe de la cápsula intestinal, y las imágenes en 3D de mis coronarias, obtenidas por los sensores que contiene el colchón de mi cama y que suelen llegar si no hay novedad a eso de la hora de comer con un pequeño informe de uno de mis cardiólogos, ojalá sea mi preferido, el que tiene una sonrisa parecida a la de ese actor tan famoso. Verle me deja tranquilo para el resto del día. De la próstata ya hace dos años que no tengo que preocuparme. Me la extirparon una tarde a la hora de la merienda después de recibir un decepcionante informe con esas ciento cincuenta células malignas porculeras. Cosas de la madre naturaleza. 

Menos mal que tenemos estos adelantos. ¿Cómo podrían vivir en los tiempos de mi abuelo, o de su padre? La humanidad, sin duda, ha avanzado espectacularmente. ¡Esto es vida!








5 comentarios:

isabel dijo...

Genial este futuro!!!!
Gracias que ahora te meten tubos.....
Muy bueno,Raul

Encarna Ortiz dijo...

Pero que relato más impresionante. Raul cada día te superas, fascinante

Encarna Ortiz dijo...

Pero que relato más impresionante. Raul cada día te superas, fascinante

Afrontando la lesión medular dijo...

¡Fantástico Post!, como siempre.MªÁngeles

Si me proporcionas un mail, te hago llegar u archivo interesante.

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias a todas.
M. Ángeles, mi dirección de correo electrónico es rcalvor@sescam.jccm.es

Un saludo