lunes, 19 de diciembre de 2016

Treinta y siete visitas

Diciembre. Se acaba el año envuelto en las brumas frías típicas de esta estepa en la que vivimos perdidos o encontrados. Es la última guardia del año. El médico lleva  toda la semana rogando por uno de esos días de atención continuada, un brindis al sol de las consultas 365/24/7, que tanto hacen despotricar a los reyes de la queja de salón y que tanto añoras después de dos episodios seguidos de emergencias de serie de la HBO.

Por el momento el día concentra una banalidad tras otra en un imperio desesperante del infantilismo de la sociedad, tiarrones como casas llorando a lágrima viva por unos retortijones y una cagalera, pies torcidos que soportarían una jota aragonesa sin dar un mal paso, y toneladas de mocos de todos los espectros del arco iris empeñados en desaguar hacia el gaznate y que parecen componer allí detrás en las faringes frambuesas iconos de caritas sonrientes descojonándose de la mala leche que se le va poniendo. 

En resumen, una guardia plácidamente aburrida y cariñosamente desesperante. 

Era ya la noche temprana del invierno. El niño de once años parecía desayunarse cada mañana el bote de Cola Cao entre dos hogazas de pan de pueblo. Se sujetaba el costado jadeando como un Jesucristo después del encuentro con Longino. Cuando alguien se mueve en un lugar algo oscuro como son los pasillos de un servicio de urgencias con la familiaridad que lo hacían el sujeto y su señora madre, el viejo observador se echa a temblar. 

La camilla es una antigua amiga a la que subirse con agilidad de felino al que se le ha olvidado el dolor de las costillas, pero el dedo anda rápido para recibir el pulsi mientras el gesto se vuelve a quebrar ante los ojos de la afligida madre con otra andanada de dolor sin límites. 

El Averroes docente dirige un interrogatorio de libro en el que es imposible adivinar el "no tiene nada de nada" que le martillea en el coco. Al fin y al cabo, son muchos años sujetos a las sorpresas de la naturaleza y hay una residente delante. Profesionalidad y empatía, que se dice en las charlas sesudas; buen rollete y objetividad de toda la vida. 

El pulsi marca el pleno del cien por cien de saturación y el fonendo arrastra el resto de las posibilidades de sorpresas de última hora. La clasificación internacional de enfermedades tendrá que esperar a mejor ocasión. La industria de las mantas eléctricas ha ganado esta vez la batalla a la dura industria farmacéutica. 

La hora de las explicaciones comienza y aquí el dossier de cincuenta ítems con una sola respuesta verdadera que ha sacado la madre de la criatura para aprobar el examen queda respondido con vaguedades e incertidumbres como las que nos regala cada día la propia vida, e igual de mal aceptadas. 

"¿Toda esa sarta de estupideces que usted me está soltando justifican el enorme dolor que tenía mi pobre criatura?" Piensa la madre en un pensamiento tan alto que al médico le ha parecido perfectamente audible. "A ver si se va usted a creer que yo vengo aquí porque me apetece, vendré porque mi hijo está muy malo, como puede deducirse de los ayes que difunde a voz en grito", continúa pensando viva voce, aunque las frases rebajen el nivel de decepción con el médico que les ha tocado en suerte y con las ofertas de MediaMarkt en mantas eléctricas. 

La única hermosura que le queda al dolor es la subjetividad, señora. No le arrebatemos ese último reducto de dignidad , es de las pocas cosas que tenemos que aún se resiste a dejarse medir, fíjese usted, como el amor, la alegría, el odio y los seguidores del Atlético de Madrid. 

La señora se pierde calle abajo cagándose en los muertos del sistema sanitario y del jefe de su marido que no quiso subirle el sueldo para que ella pudiera llevar al niño al pediatra de Sanitas con su tarjeta oro, que ese sí que sabe poner el código CIE en el informe (y además la hoja saca el logotipo en color, ratas del seguro con impresoras en blanco y negro)

El médico se queda delante de la pantalla haciendo palotes en grupos de cinco con un papel y un boli. Treinta y siete visitas en los últimos doce meses. Once pasos por urgencias, seis radiografías, dos analíticas, cuatro cultivos. Sanitas habría tenido un mal año





2 comentarios:

Julio González dijo...

Qué bien describes lo que suelen ser las guardias en Primaria. Un saludo cordial.

Adelaida Chia Mena dijo...

Si es lo que yo digo ,deberian tener un bono de 10 visitas a Urg ,en la que no sean ugr reales se les descuenta y luego de esas 10 a pagar !! Asi no vendria no Dios a menos que realmente se acerque la Apocalipsis ,un saludo !!