domingo, 4 de diciembre de 2016

¿Sueñan los residentes con tutores eléctricos?

9:45 p.m. Día 3. La residente llora en el asiento de atrás del coche de urgencias. Es un llanto casi inaudible, pero con efecto taladrante. El tutor conduce bajo la lluvia. Es una noche fría. La calefacción empaña el cristal cada poco tiempo. Durante muchos minutos, lo único que se escucha allí dentro es el ruido del aire saliendo por las toberas, intentando desempañarlos. Eso y el llanto, pero éste es tenue, como la lluvia sobre el asfalto. 

Luego el tutor intenta romper el silencio casi inhumano con un pregunta infantil, ¿cómo estás? mientras la mira por el retrovisor. La respuesta se articula con palabras de las que se rompen en la garganta. Y el tutor se calla y duda sobre si no hubiera sido mejor haber aligerado un tanto la carga de humanidad que traía la residente en su mochila genética. 

5:00 a.m. Día 1. La residente hace tres inspiraciones profundas antes de coger el teléfono. Mira otra vez el número que tiene apuntado en un papel y que ya casi ha conseguido memorizar. Está tratando de reunir el valor suficiente, de encontrar las palabras adecuadas. No existen las palabras adecuadas. No existen palabras que no destrocen la vida que contestará a aquella llamada. 

Las piernas le pesan como dos vigas de acero, y sin embargo parecen de plastilina. Las rodillas le tiemblan porque al cansancio de las catorce horas de pie le ha caído encima, de golpe, la responsabilidad de marcar ese número. Se sienta por fin, puede que por primera vez en esa guardia terrible. Piensa en su tutor. Piensa en las largas charlas de aquellos cuatro años, charlas en las que se ha mantenido intacta toda la humanidad que almacenaba antes de empezar la especialidad, humanidad que se había dicho mil veces que tendría que rebajar en una profesión como aquella, si no quería pasarse la vida llorando por las esquinas. Ella era muy llorona, de toda la vida. Ese ángel rescatando a  James Stewart era una cabronada de Frank Cappa para los lacrimales y los kleenex de caja. 

Pero en esos cuatro años su tutor la habían enseñado a conservar toda su humanidad como un auténtico tesoro. Toda esa compasión, toda esa capacidad para sufrir con los demás, eran, según él,  sus auténticos bienes raíces, y aquello no se sacaba al mercado de valores. Se guardaba en la caja fuerte. 

Al final, coge el teléfono y marca los números. Mientras escucha los tonos de llamada, piensa en las palabras que utilizará, y en cómo será capaz de contener el tsunami de pena que se la viene encima. 

9:00 p.m. Día 3. Ya levan unos minutos todos tirados en la alfombra repleta de chismes tecnológicos pitando. La médica de la UVI comprime el ambú sobre la carita inmóvil y azulada, mientras todos se turnan en masajear salvajemente el pequeño esternón. Los brazos bambolean un poco con las sacudidas, que provocan ondas irregulares en el monitor, a las que nadie quita ojo. Las enfermeras trastean con sus tubos y jeringas. 

La residente está a sus pies. No puede dejar de mirar el pañal. Es de la misma marca que el de su hija, de la misma talla. Aprieta el pulsi sobre el pequeño dedo gordo del pie para que no deje de registrar y reza sin parar retahílas de oraciones que va concatenando en su cabeza. 

1:00 pm. Día 2. Se despierta bruscamente en el sillón. No sabe cuánto ha dormido, pero su pequeño duerme con respiraciones profundas en la cuna a su lado. Está medio reclinada, despeinada y con la boca seca como una alpargata. Le da miedo moverse y hacer ruido, no quisiera que se despertase el niño al menos hasta que pueda tomarse algo para el dolor de cabeza. Con sumo cuidado se levanta rodeando la cuna y va a la cocina. Coge un vaso de agua y se mete en la boca un paracetamol que le sabe a yeso. Se lo traga a toda prisa. 

La casa está silenciosa. Vuelve al sillón y se reclina con cuidado. Cierra los ojos esperando que se le eche el sueño encima como un nublado otoñal. En su cabeza vuelve a escuchar con claridad el llanto desolado al otro lado del teléfono, metalizado por los cables y la distancia. Siente de nuevo las mejillas empapadas y la respiración entrecortándosela. Y escucha de nuevo, justo un segundo antes de colgar, con toda claridad, una voz infantil adormilada, una niña que pregunta ¿mamá, qué te pasa, por qué lloras?


4:00 a.m.  Día 1. Por fin se ha relajado algo la cosa en la guardia. Hay un montón de pacientes pendientes de camas para ingresar, pero eso ya es percata minuta. Los adjuntos duermen el sueño de los justos y el azar ha jugado su partida repartiendo los turnos de imaginarias. Es su primera guardia de residente mayor después del paréntesis maternal. Los días antes no le cabía un gramo más de estrés en el cuerpo. Pero ahora ya, por fin, la cosa tiene pinta de encarrilarse. 

El hombre entra por su propio pie. A aquellas horas brujas la atención es casi inmediata, y la enfermera se lo lleva a un box para ir haciéndole el electro que le adjudicó la etiqueta de dolor torácico que le pusieron en el triaje verbenero. El grito de la enfermera solo podía traer malos augurios. Luego la precipitación a la REA, el baile orquestado alrededor de enfermeros, adjuntos, intensivistas y residentes, y el monoacorde final del monitor que detiene de golpe todos los movimientos. 

La adjunta se vuelve hacia ella y la pide que localice a la familia. Tarda unos segundos en procesar la frase, aunque ha oído cada palabra. 


11:45 pm. Día 3. El tutor, la enfermera y la residente están sentados en los sillones del estar. A la adrenalina le está costando volver a sus niveles normales, asi que el sueño tarda en aparecer. A las conversaciones también las está costando volver a su ritmo normal. Como si fuera un experimento de telepatía, la misma imagen se repite en las cabezas de los tres. Hablan de la dureza de esta profesión, de cómo golpean sin piedad los sentimientos y el dolor de los demás. Sí, es cierto, piensa la residente, todo ese dolor es inevitable, como dice el tutor, pero la verdad es que toca muchísimo los cojones. 

"No os podéis imaginar cómo añoro a veces ser cajera del Mercadona"



P.D.: mi más entrañable cariño para las y los integrantes del Club de Lectura de Recas, en Toledo, que fueron tan amables de leer dos entradas de este blog y que me pidieron expresamente que las nombrara en la siguiente entrada. Lo prometido, como podéis ver, es deuda. Un fortísimo abrazo a todas. 



1 comentario:

Encarna Ortiz dijo...

Gracias Raul por esta dedicatoria que sin duda nos hace a todos y todas mucha ilusión, te deseamos lo mejor en tu profesión que tanto te apasiona y esperamos que sigas deleitándonos con estos personajes, tan humanos, que creas a través de tus escritos, animo y a por la siguiente novela
Saludos
Recas Lee