lunes, 11 de junio de 2018

Abismos

El médico se echa atrás en el sillón, pasándose la mano por el pelo en un gesto de desesperación típico de él. Tiene en las manos el informe que acaba de entregarle la paciente y lo relee con el aire de resignación de quién se ha visto en las mismas cientos de veces. Ahí no hay nada que refleje el esfuerzo que lleva haciendo con esa paciente en los últimos años, sus visitas a su casa cuando aprieta el ahogo y el corazón parece querer decir basta, no hay nada de las horas repasando tratamientos, rebuscando interacciones, deshojando margaritas de efectos adversos. El médico sabe leer entre líneas, en las palabras que conforman la historia, un historia plana, ignorante y soberbia que parece transcurrir ajena a la propia paciente y a su vida.

Ella añade unos comentarios de su cosecha, percepciones que pretenden apuntalar el ánimo de su médico, como si temiese que le flaquease la autoestima, como una madre revolviéndose ante unos abusones que hubieron pretendido chulear a su niño.

El médico sonríe agradecido y se rehace. Sí, los golpes siguen doliendo, lo cual es sólo señal de que uno sigue vivo. Se incorpora en el sillón, irguiendo la espalda; cabeceando, escribe unas anotaciones breves en la historia y devuelve el informa a la paciente. Ella le pregunta por lo que tiene que hacer: no piensa tomarse nada si él no se lo dice. El médico la coge la mano en ese gesto que les ha conectado cientos de veces: tranquila, entre los dos seguro que decidimos lo mejor.

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Las primeras horas de essa mañana de sábado estaba siendo particularmente dura en el servicio de urgencias. Ella podía considerarse ya toda una veterana, hacía cinco años que había empezado a trabajar en ese servicio, y aunque no había hecho allí la residencia y desconocía los automatismos y todos esos pequeños intríngulis que gobiernan todos los hospitales del mundo, pronto se dio cuenta de que al fin y al cabo todo se reduce a tratar de hacer lo mejor posible tu trabajo, una vía segura para ganarse el respeto de ese microcosmos que bregaba cada día muy cerca de los cimientos del hospital.

En aquellos cinco años era ya capaz de reconocer de dónde vendrían los problemas tan sólo sabiendo quién estaba de guardia en cada uno de los puntos de urgencias de los pueblos que enviaban sus pacientes al hospital. No era tan difícil. Sus compañeros resoplaban nombrando a los firmantes de los informes que acompañaban a los pacientes, cruzando miradas desoladoras y frases interrumpidas a medias que delataban mucho más de lo que escondían.

Cuando le tocó en suerte el segundo paciente enviado por el mismo médico, cuando leyó esas sucintas cuatro líneas escritas con toda la desgana que puede dejar traslucir un papel y un bolígrafo, cuando vio a esa anciana absolutamente perdida en su marasmo de olvidos, un frágil y pequeño ser humano tendido sobre las sábanas arrugadas de la camilla, sola, con unos ojos aterrados, sintió una pena tan terrible que no fue capaz de retener en su boca los sapos y culebras que le quemaban como una mala conciencia.


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Había sido duro, después de una semana ingresado en el hospital, la serpiente que se escondía en el estómago tenía nombre y apellidos, se había convertido en intocable y su camino estaba más que marcado. A los ochenta y tantos uno no pide tanto: su casa, su cama, sus cosas. Que vaya a verle su médico cuando se encuentra mal, o simplemente cuando se encuentra igual pero va pasando el tiempo y la serpiente avanza.

Y claro que los hijos harían cualquier cosa por nosotros, lo que sea para ponerle la zancadilla al destino y prorrogar lo improrrogable. Así que se sale del hospital con varias citas que seguramente cambiarán pocas cosas y la promesa de que irán verle la gente de cuidados paliativos para hacer que todo sea más fácil. El médico habla con su hijo en la puerta de la casa, antes de entrar a hacerle su visita semanal.

- Como queráis, pero ya sabes que pienso seguir viniendo y que podéis contar conmigo hasta el final

- Ya sabes como es él, no le gusta que le trate nadie que no seas tu, y sabe lo que significan los paliativos, estuvo al lado de mi tío cuando falleció y les vio visitarle mientras duró su enfermedad. Pero he hablado con el jefe de la unidad y me insiste en que esa mejor que vengan, que así estará mejor cuidado.

El médico sonríe con tristeza, ve la ironía de que la vida de su paciente parece convertirse en un trofeo en una competición de competencias, una auténtica mierda que prefiere mandar a tomar por culo, que prefiere olvidar mientras abre la puerta de la casa y entra llamando a su paciente por su nombre a voces, como ha hecho siempre.















1 comentario:

Juan Francisco Jiménez Borreguero dijo...

Muy bueno como siempre, y la foto escogida no puede ser mas explicita y oportuna.
Mas aún tras la noticia del compañero agredido brutalmente cuando acudia a un aviso domiciliario de un pueblo tb de Toledo.
Ojalá pudieras hacernos sublimar con tus certeras palabras, esta amarga y dolorosa historia.