lunes, 11 de abril de 2016

Que se llama soledad

Luis vivía en el pueblo desde mucho antes de que yo llegara, desde mucho antes de que el antiguo consultorio se convirtiera en un bloque de cemento con un montón de gente entrando y saliendo por las mañanas y por las tardes. Luis vivía en el pueblo desde mucho antes de que le crecieran a las calles tranquilas y silenciosas de la mañana granos de chalets y coches vocingleros que no dejan oír a los pájaros cuando se van a la gran ciudad de madrugada como una bandada de murciélagos espantados. 

Luis paseaba a su chucho feo y arisco al amanecer y veía como crecía el pueblito y se convertía en un milagro económico, y tenía que cargar con bolsas de plástico para recoger las cagadas del perro, porque las eras le pillaban ahora demasiado lejos, casi a dos paradas de autobús. Y Luis se hacía viejo, y arrastraba una pierna porque de adolescente había tenido un accidente que no le importaba a nadie, pero que ahora, de viejo, le hacía parecer un viejo cojo. 

Así que Luis iba a ese mamotreto sin ventanas y esperaba pacientemente la cola delante del mostrador donde una joven risueña le decía a qué hora le podría atender el médico que le había tocado en el sorteo de Navidad. Y después se marchaba a su casa, se preparaba unas patatas con carne y cuando ya no soportaba más los ladridos de su chucho, le daba lo que le quedaba en su plato  para que lo rematara y le dejara descabezar un sueñecito con las noticias de fondo, mientras se hacía la hora de ir a la consulta. 

Luego, se aplastaba el pelo con dos litros de Varón Dandy, se ponía su chaqueta gris de lana, y se marchaba arrastrando la pierna y los dolores hasta sentarse en una de las sillas a la puerta de la consulta, mirando sin ver al gentío que entra y sale, espera y suspira, charla y calla, sonríe o medita en esa estación de metro de la vida que son las consultas de los médicos de cabecera. 

Y cuando al cabo de mil años un tipo joven sin bata sale con un papel en la mano y grita su nombre, se levanta chirriándole las junturas y se mete en la consulta delante de él, recolocándose el pelo entre los vapores del Varón Dandy y las miradas de la concurrencia, y pareciendo más viejo cojo que nunca. 

Luis regresa a su casa con prisas porque su perro se habrá orinado en cualquier parte y no habrá parado de ladrar en toda la tarde. Lleva una receta en la mano, pero ya irá mañana a la farmacia. Total, el dolor con el tiempo parece convertirse en un viejo amigo, incómodo y pesado, pero amigo al fin y al cabo. Tampoco hay prisa por traicionarle. El médico ha sido majo. Le ha dado la mano y le ha preguntado algunas cosas de su vida, sobre todo si ha estado enfermo alguna vez, si le han quitado el apéndice o si se ha hecho algún análisis últimamente. Y se ha sonreído cuando le ha respondido que los médicos y él nunca se han llevado bien. Luego le ha tumbado en la camilla, le ha movido la pierna como si fuera un pelele y le ha preguntado por el accidente. Se ha limitado a contarle que de joven se tronchó la pierna. Las historias de cada cual son tesoros que se regalan si uno quiere, y él, por el momento, prefiere quedar a la expectativa. 

Un calmante y una explicación sobre el desgaste y los años ha sido la conclusión del encuentro, que ha terminado con una despedida cordial y ofrecimientos sonrientes de ayuda si la necesita por parte del atareado y voluntarioso muchacho que es enseguida absorbido por el siguiente nombre de la lista. Sin respiro. Luis va pensando que igual ha sido un error hacerle perder el tiempo al pobre chico por un dolor que le acompaña desde hace tanto tiempo. Al fin y al cabo es ya un viejo. Y es cojo. Nada del otro mundo en comparación con las terribles historias y calamidades de todas aquellas personas arremolinadas en torno al hombre y su lista. 

Así que Luis no fue a la farmacia a por aquellas pastillas. Siguió sacando a pasear a su chucho huraño y escandaloso a la hora de la espantada, y dejó que las coderas de su chaqueta gris se fueran desgastando entre patatas con carne y soledades dormidas al arrullo del telediario. 

Hasta que, una tarde, la policía local fue a buscar al médico al consultorio. Él cabeceó molesto, porque los retrasos se pagaban a sangre y fuego, pero cogió sus cosas y los siguió en su coche hasta una casa donde un perro ladraba gimoteando como sólo saben hacerlo los chuchos de los solitarios. En el pasillo se acumulaban los olores como si se peleasen por salir. La nariz se arrugaba autónoma. En una habitación cerrada golpeaba con sus pezuñas sobre el panel de la puerta el perro, alternando ladridos rotundos con jipidos lastimeros. Un policía condujo al medico hasta un salón que reunía un conjunto disjunto formado por camastro, mueble con televisión, nevera, hornillo, mesa y sillón de orejas. En la televisión hablaban del tiempo, indiferentes a la tragedia que se representaba en aquella casa. En justa respuesta, Luis asistía indiferente a las borrascas y los anticiclones, porque su vida había decido no volver a despertarse de aquella siesta. 


Se cruzan en nuestras vidas de médicos otras miles. Y aunque creamos conocer a algunas de ellas, o quizás a muchas, es solo una ilusión, pues no vemos más que su sombra platoniana. Y de todas las historias que me rozan o me golpean de lleno en la caverna en la que vivo, las que más me impresionan, las que más me duelen, las que quisiera aunque fuera brevemente reinventar, son las que me escupen a la cara la soledad del ser humano. Así que, si al menos una vez, y durante un breve momento, consigo mitigar alguna de esas soledades, entonces ser médico de cabecera habrá valido de verdad para mucho más que algo. 

La foto es la única que guarda una buena mujer en su habitación de la residencia en la que vive. Está tomada y compartida con su permiso expreso. 











5 comentarios:

Merche M. dijo...

Jdr,cada vez que en tu entrada hablas de estos pacientes humildes, sencillos y tan entrañables, los imagino tan claramente, con detalles tan precisos...y no puedo evitar el nudo en el pecho y las lágrimas...gracias.

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias a ti por leerlo, y sobre todo, por sentirlo.

Juan F. Jimenez dijo...

Como bien dices compañero, tal vez lo peor de la enfermedad y quizás de la vida, no es el dolor, sino la soledad . Reconociendo que existen soledades mas dolorosas como las que se derivan del abandono, aunque se esté rodeado de otras personas, generalmente en estado "zombi" como en las denominadas "residencias ".

Marta Cuesta Bobes dijo...

Que triste... Aunque como bien dices al día te cruzas con muchísima gente y si se puede mitigar el sentimiento de soledad aunque sea solo por unos instantes...

Un saludo

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias Juan y Marta por vuestros comentarios. Sí, para mí también es terriblemente triste asistir a las soledades con que tantas personas se enfrentan al final de sus días. A veces, buscan mitigar en sus médicas de cabecera esa soledad, y no pocas veces encuentran acusaciones de sobre utilización o mal uso de los servicios sanitarios. Una lastima. Esperemos que, de nuestra parte, encuentren al menos unos minutos de escucha y, si es posible algunas sonrisas.