lunes, 3 de abril de 2017

Ni puta idea

Me gusta ir a comprar al súper de mi barrio. Es él mismo que había bajo la casa en la que pasé mi infancia, el mismo al que me mandaba mi madre a por el tambor de Colón que pesaba como un muerto. El año pasado se jubiló la cajera que llegó siendo una jovencita y se sabía el nombre de todos los chavales. 

Voy los martes a la carniceria. El carnicero ha sido una de esas herencias que arrebatamos a nuestras madres, responsable de elegir los mejores filetes a la familia, de recordar cuánto nos gustan las costillas en las lentejas, de cabecear con las derrotas de nuestro Atleti, o de retrasarse por estar echando la partida de mus. Voy los martes porque por la mañana estuvo en el matadero y la carne es fresca y variada,y solo altera ese ritmo las vacaciones, y, como no, las guardias. 

A veces me encuentro alguno de los antiguos vecinos, los que me llamaban con el diminutivo, el sanbenito inevitable de quienes llevamos el mimo nombre que nuestros padres, y que te horroriza siendo niño que quiere ser mayor. Están viejos, con la piel arrugada y los ojos vidriosos, pero en mi mente siguen siendo aquellos jóvenes y fuertes currantes del Simca 1000 y los cigarrillos Rex. Él llegó la otra tarde, mientras esperaba pacientemente mi turno. Siempre procuro ser el primero en saludarles, por borrar esa desagradable sensación que te aturde cuando conoces a alguien y no eres capaz de ubicarle. Cuando les sonrío y les llamo por su nombre me parece percibir en sus miradas como si la llama de la memoria se insuflase de golpe, y entonces me estrechan la mano sonrientes o me plantan dos besos y un achuchón, y se les ilumina la cara de felicidad, no por verme, sino por recordarse otra vez jóvenes y con toda la vida por delante, como hace cuarenta años. 


Me contesta al inevitable cómo estás con el clásico hecho un cacharro. Generalmente el cruce de pelotas blandas en la red sigue con un yo te veo fenomenal, que se devuelve con un qué va, será por fuera, por dentro estoy hecho una calamidad. A veces quieres dejar el partido en ese amable cruce de sainetes, sobre todo cuando eres consciente de cómo les ha golpeado la vida, y el pudor te impide provocar un rebrote de dolores que sólo deseas que duerman en las profundidades bajo cientos de capas de tiempo. No haría ni dos años que murió su hija mayor. Yo no quería bajo ninguna circunstancia revivir ese dolor. 


-En realidad los médicos no tenéis ni puta idea. La Medicina en general.- No era un tono ofensivo, sino más bien de un Cela de barrio. Yo sonreía. -Quiero decir que hay cosas que nos pasan de las que no sabéis nada. 

Temí por un momento que se tratara de rencores alimentados por la enfermedad de su hija, rencores que buscarán ser escupidos a la cara del primer representante de Esculapio que fuera a comprar cuarto y mitad de carne picada, y me preparé para la invectiva, consciente de lo duro y antinatural que es para un padre sobrevivir a cualquiera de sus hijos. Pero no, 

-Mírame a mí: siempre estoy con estos mareos tontorrones que no me dejan en paz. Y ya me han hecho de todo, hasta me ingresaron en el hospital unos días y me hicieron escáner y un montón de pruebas y nada, que no dan con ello. 

Bueno, no pude evitar sonreír. Estaba preparado para afrontar los reproches a la Medicina nacidos del dolor y la rabia, pero ésta era una rabieta de niño malcriado. 

-Hombre, pues si no te encuentran nada malo, pues será cosa de la edad. Tampoco sabemos quitar las arrugas, qué se le va a hacer. 

-Nada, que no tenéis ni puta idea. Anda que no podíais haber inventado algún dispositivo que mejorara la circulación en el cerebro, para que no pasaran estas cosas. ¿Y sabes también de que no tenéis ni idea? De la piel. De la piel es que no sabéis nada de nada. Me lo dijo un catedrático una vez que me salieron unas ronchas y fui a ver a un amigo mío en un hospital de la capital y me ingresaron. Le pregunté qué eran esas manchas y me contestó: eso querría saber yo. Así que, lo que yo te diga: ni puta idea.

El carnicero me salvó de la diatriba entregándole un pedido que había dejado encargado su mujer por la mañana, así que nos despedimos con otro apretón, y al marcharse con sus mareos y su piel incomprendida de anciano me llamó por el diminutivo de mi nombre, lo que tuvo la virtud de vestirme automáticamente con pantalones cortos y un jersey de lana hecho por mi tía, al menos durante unos segundos. Después, como ocurre con todos los ensueños, el hechizo se rompió de golpe y volví a ser el médico ya entrado en años que todavía, y después de tanto tiempo en la cabecera, sigue en tantas ocasiones sin entender a las personas. 






12 comentarios:

@Bolaredo dijo...

Tienes suerte, a ti te lo dijo un paciente, yo, en 35 años solo se lo dije a UNA paciente que obviamente se cambió de cupo, cuestión que estaba latente en toda la conversación. Como entiendo que no son formas por mi parte, simplemente diré que tenia ella 53 años una media de 20 consultas anuales en los últimos 10, con cambios de cupo cada 2 años excepto el mío donde duró 6 y mas de 30 consultas a especializada donde contaba con mas de 6 especialidades de cabecera. Y ahora.... ¿cual era el diagnóstico del que estaba etiquetada?. Si, ese, lo sabeis todos

Raul Calvo Rico dijo...

Gracias Fernando. En realidad fue un vecino quien me lo dijo, pero yo he soltado lindezas similares (aunque un un lenguaje menos soez) en multitud de ocasiones. En fin, no es malo reconocer que la medicina o nuestras capacidades no llegan a cubrir todas las expectativas de nuestras pacientes, como no deja de ser asombroso que esas expectativas queden en muchas ocasiones muy alejadas de las nuestras (tanto que en ocasiones lleguemos a perder nuestra perspectiva y con ello la capacidad de ayudar, simplemente porque las creamos cubiertas sin estarlo en realidad)

En cuanto a esa clase de pacientes que comentabas, creo que todos los que llevamos años dedicados a esto consideraremos razonables la existencia fija en cada cupo de un número que oscila entre dos y cuatro fijos.

En nuestras habilidades estará cumplir al menos parcialmente algunas de esas insatisfechas expectativas. Seguro que así lo hiciste durante el triple que los demás médicos que tuvo antes.

Un abrazo y gracias por el comentario.

Juan Antonio Garcia Pastor dijo...

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Aquí de guardia relajándome con tus historias.
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Hoy atendí a alguien insatisfecho como el de la carnicería e independientemente de su problema de salud, incluí de forma bardina su insatisfacción entre los motivos de consulta.
Fue gratificante la sonrisa con la que se fue.
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Y eso que la paciente era su señora.
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Joaquín Morera dijo...

Pues a mi lo que me parece más terrible es cuando dedicas todo tu interés a alguien, le ayudas con su reciente diagnostico de ca de mama, intentas que su proceso sea llevadero, además la tratas del duelo que supone durante ese tiempo la separación de su marido, y después de un año porque un día le dices que no le haces una medicación de un Ab pautado en la privada porque no estás de acuerdo se cambia de médico diciéndote que nunca se ha sentido bien atendida por tí. Te quedas de piedra, terriblemente desilusionado y pensando que ha podido pasar para que cada uno interprete las cosas de forma tan diferente

@Bolaredo dijo...

Cuando me ha sucedido, digo la anecdota por curiosa, con unos pacientes que incluso tenían mi móvil, me he sentido... tan prescindible ante la nimiedad. Si solamente llegaran a imaginar lo que me dolió que por algo tan banal alguien sea tan egoísta... Pero de todo se sacan concusiones, yo lassaué. como diría Ray Charles: I can see cleary now

Raul Calvo Rico dijo...

Pues yo creo que por muchos años que pasemos con nuestros pacientes, es muy buena idea no olvidar ni por un momento que somos prescindibles. En trabajos como los nuestros, cuando os dejamos el alma, es fácil creer que al haber dado tanto, no podrían vivir sin nosotros. Pero nadie es imprescindible, nadie. Y cuando perdernos esa perspectiva, tarde o temprano la realidad nos pondrá en su sitio.
Gracias a todos por los comentarios.

Ana María Pérez dijo...

Yo soy familiar de paciente. Mi padre murió de cáncer. Trabajo en un hospital de Cuidados Paliativos y comprendo lo duro que es ser médico y profesional sanitario. Que todos somos personas. Pero creedme si oa digo que son momentos tan duros, tan difíciles para las familias, que no sabemos a dónde recurrir. Pero cuando todo pasa y las aguas vuelven (madw o menos) a su cauce, siempre quedan en la memoria y en el corazón aquellas personas que trataton bien a tu familiar. Y aunque no vuelvas a dar las gracias o a pedir perdón, en tu fuero interno sabes quién hizo lo correcto y lo valoras. Seguid así, con esa medicina humana, aunque a veces a quien os duela sea a vosotros. Gracias de verdad por todo lo que hacéis, de mi parte, y de parte de quien lo piensa, y no os lo dice.

Anónimo dijo...

Me parece que no lo habéis entendido...No es una crítica a los médicos ni habla de hipocondríacos, es una reflexión sobre los límites de la medicina como ciencia.
Una paciente.

Raul Calvo Rico dijo...

El dolor tanto propio como por un familiar es tan particular que merece el máximo respeto, y podríamos ser unos científicos brillantes pero seriamos malísimos médicos si no fuéramos capaces de respetarlo y entender las reacciones que provoca, sean cuales sean, pues es verdad que somos y debemos ser científicos, pero fundamentalmente somos los científicos que tratan seres humanos y eso no debe olvidársenos nunca.
Esta semana en su domicilio, un anciano de más de 90 años al que estuvimos viendo me dijo: que buen medico es usted, pero sobre todo, que buena persona.
Esa frase por si sola ya justifica para mí toda mi profesión.
Un saludo y gracias por el comentario

Raul Calvo Rico dijo...

Hola. Por supuesto que es una crítica a los límites de la Medicina, pero también es una reflexión sobre el por qué no toleramos que existan esos límites, una reflexión sobre londificil que parece haberse vuelto aceptar nuestras enfermedades, nuestro proceso natural de envejecimiento e incluso nuestra muerte en esta era de Medicina ultra tecnológica que a veces nos lleva a olvidar nuestra condición humana.

Gracias por el comentario.

Julio González dijo...

Me parece que hay mucha gente (médicos y pacientes) que no son conscientes de los límites de la Medicina y piensan que hay una solución para todo problema de salud. Así te encuentras Urgencias saturadas por cuadros banales y niños que son llevados por sus padres ante el primer moco que ven o asustadísimos porque se han dado un golpe en la cabeza y les ha salido un chichón. Mucha gente, sobre todo en Primaria, confunde accesibilidad con inmediatez y lo quiere TODO y lo quiere YA. Y tengo muy claro que a la administración sanitaria y a la mayoría de los "usuarios" que atiendo, les da exactamente igual que sea yo o el sursum corda el que está al otro lado de la mesa. El caso es que alguien, quien sea, les resuelva su problema.
Un saludo.

Raul Calvo Rico dijo...

Tienes razón Julionpero creo que no podemos olvidarnos de la responsabilidad que hemos tenido todos en esa medicalizacion de la sociedad: durante años habia que llenar de "usuarios" un sistema que quería venderse como el gran logro de la democracia y del desarrollo.

Y luego no hemos sabido nosotros mismos parar y poner límites. Y de hecho una gran cantidad de nosotros prefiere ceder antes que dedicar más tiempo (que a veces no se tiene) a afrontar una ética de la negativa que parece superarnos.

Un saludo y gracias por la reflexión.